Un modelo identifica pequeños refugios contra la radiación donde hongos y bacterias terrestres podrían persistir y contaminar futuras muestras lunares.
GREENBELT, ESTADOS UNIDOS — La llegada de astronautas al polo sur de la Luna podría dejar una huella menos visible que las pisadas o los equipos: microorganismos terrestres capaces de permanecer viables durante días y, en determinados ambientes protegidos, durante periodos relevantes para las operaciones de exploración. Un estudio liderado por científicos de la NASA concluyó que la combinación de sombra, bajas temperaturas y menor exposición ultravioleta crea nichos donde algunas bacterias y hongos podrían resistir mucho más de lo esperado.El trabajo, publicado en Science Advances y encabezado por Prabal Saxena, combinó información sobre la resistencia conocida de varios microorganismos con datos de temperatura, iluminación y topografía de la superficie obtenidos principalmente mediante el Lunar Reconnaissance Orbiter. No se trató de depositar microbios sobre la Luna, sino de construir modelos que permitieran determinar dónde podrían mantenerse viables si una misión humana o robótica los transportara accidentalmente.
Esa distinción limita el alcance del resultado. El estudio no demuestra que los microorganismos analizados ya estén vivos en la superficie lunar, ni que puedan formar colonias allí. Lo que identifica son condiciones compatibles con su supervivencia temporal en estado latente. Los autores tampoco encontraron evidencia de que esos lugares proporcionen elementos indispensables para un crecimiento sostenido, especialmente agua líquida estable.
La sombra transforma partes del polo sur en refugios microscópicos
La geometría del polo sur lunar desempeña un papel decisivo. La escasa inclinación del eje de la Luna hace que el Sol permanezca muy bajo sobre el horizonte en esa región. Cráteres, elevaciones y hasta irregularidades relativamente pequeñas pueden bloquear la radiación directa y generar zonas frías y poco iluminadas.
Los investigadores estudiaron condiciones en áreas próximas al borde del cráter Nobile, Connecting Ridge y el borde de De Gerlache, combinando modelos de iluminación con topografía y mediciones térmicas. El análisis encontró áreas persistentes con temperaturas y niveles de radiación ultravioleta considerablemente menores que los de las superficies lunares plenamente expuestas.
Los posibles refugios no tienen una escala única. NASA señala que pueden ir desde grandes sectores del fondo de un cráter hasta espacios comparables con la huella dejada por la bota de un astronauta. Esa variabilidad es relevante porque significa que la protección frente al Sol no depende exclusivamente de grandes regiones permanentemente oscuras: pequeñas características del terreno también pueden alterar la exposición de una célula o una espora.
La Universidad de Maryland, cuyos investigadores participaron en el trabajo, resume el resultado señalando que bacterias y hongos terrestres podrían sobrevivir al menos una semana en determinados rincones sombreados del polo sur. Algunas coberturas periodísticas, basadas en declaraciones de los investigadores sobre escenarios especialmente protegidos, describen posibilidades de supervivencia de semanas o meses. La duración, sin embargo, depende del microorganismo y de las condiciones concretas del lugar, por lo que no puede aplicarse un único plazo a toda la región polar.
Aspergillus niger resiste mejor la radiación ultravioleta
El equipo comparó cinco grupos de microorganismos asociados con seres humanos, ambientes terrestres o instalaciones de vuelos espaciales: Aspergillus niger, varias especies de Fusarium, Deinococcus radiodurans, Staphylococcus aureus y Bacillus subtilis.
El resultado más destacado correspondió a Aspergillus niger. Este hongo produce esporas oscuras y resistentes y ha sido detectado previamente en ambientes asociados con vuelos espaciales. En los modelos lunares soportó mejor que los demás organismos la radiación ultravioleta e incluso presentó posibilidades de supervivencia en algunas zonas que no permanecen completamente a oscuras.
Entre las bacterias, Deinococcus radiodurans, conocida por su elevada resistencia a condiciones extremas, mostró el mejor desempeño. Staphylococcus aureus y Bacillus subtilis resultaron más vulnerables a la combinación de radiación y temperaturas de la superficie.
La supervivencia de Aspergillus fuera de ambientes terrestres tampoco carece de antecedentes. Experimentos anteriores apoyados por NASA mostraron que esporas secas de A. niger podían conservar viabilidad después de exposiciones diseñadas para reproducir algunos de los factores ambientales de otros mundos.
El riesgo principal es confundir contaminación terrestre con química lunar
La consecuencia inmediata es científica antes que ecológica. Las próximas misiones al polo sur pretenden estudiar hielo, compuestos orgánicos, regolito y otros materiales que pueden conservar información sobre la historia de la Luna y del sistema solar. Si astronautas, trajes, herramientas o vehículos introducen células terrestres capaces de permanecer viables, los equipos científicos necesitarán saber exactamente qué llevaron consigo.
NASA considera inevitable cierto nivel de contaminación cuando seres humanos entren en contacto con la superficie. La cuestión pasa entonces por documentarla y controlarla, de modo que los análisis posteriores puedan distinguir material originario de la Luna de aquello transportado desde la Tierra.
La preocupación no significa que los investigadores hayan encontrado un ecosistema potencial en el polo sur. En las condiciones evaluadas, una célula podría quedar inactiva y sobrevivir sin reproducirse. El propio artículo científico describe esa posibilidad como un estado criptobiótico: supervivencia con crecimiento posible únicamente si posteriormente aparecieran condiciones habitables.
El equipo plantea ahora mejorar los modelos de iluminación y topografía e incorporar información de mayor resolución para precisar qué superficies ofrecen protección suficiente. También serán necesarios más estudios microbiológicos para determinar cómo cambian los límites de supervivencia cuando se combinan simultáneamente radiación, temperatura, vacío y otras condiciones lunares.
La conclusión práctica para futuras misiones es sencilla: explorar la Luna también exige registrar la biología que viaja desde la Tierra. Antes de modificar esos entornos con una presencia humana sostenida, científicos y agencias espaciales deberán caracterizar con precisión tanto la química lunar como los microorganismos que puedan transportar consigo.
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